sábado, 22 de septiembre de 2012

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Sigo pensando en esa gente del cine y sus desagradables sonidos de muelas chocando con delgadísimas rebanadas de papas fritas con salsa valentina y limón mientras camino hacia mi salón, en el traslado saludo a la directora que le da una ojeada a mi nuevo corte de cabello como tratando de aprobar mis decisiones. Deberían empezar a prohibir el consumo de alimentos crocantes en el cine, las palomitas están pasando de moda y su monótono y repetitivo crujir me revuelve un poco el estomago, ("Sólo alimentos blandos" se lee en un letrero a la entrada de la sala). 
La última vez que me sentí adormecida por la vida fui al cine. Vi una película dramática que me gustó, no era una completa chorrada. Salí sin alivio alguno deseando que algo sucediera, ver a un tipo atropellado en Av. Vallarta por ejemplo. No puedo ir perdiendo poco a poco esas cosas que me recuerdan que uno no vive para trabajar… ¿Qué sigue? ¿Voy a dejar de disfrutar una meada después de dos angustiántes horas de aplicar un examen, apretar las piernas y retener la orina? Quizá pierda el gusto por dormir. Ojalá perdiera el gusto por comer donas. En un punto crítico perdería el gusto por coger y por tener largas y significativas conversaciones con mi alumna de 9 años. 
El pasillo que conecta mi salón con el resto de mis destinos escolares es la búsqueda infinita de eso que pierdo y que no sé qué es, los barrotes del barandal que apenas me llega a los codos pasan lentos y siempre termino mirando a través de ellos hacia el piso principal, el del patio rojo, buscando lo que extravié; los barrotes se terminan y me topo con una gran encrucijada: girar a la derecha me conduciría a mi salón ó girar a la izquierda y correr siguiendo las las flechas amarillo, verde y rojo que indican gritando el camino a la salida, pasar sin checar mi salida y seguir corriendo sin prestar atención a los semáforos. Tal vez sea yo el hombre atropellado que quería ver saliendo del cine. Mi decisión es definitivamente la más aburrida.  

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